jueves, 8 de septiembre de 2011

El cristal (Mervyn Peake)


Mervyn Peake
Fuchsia
Abrázala suave
Porque puede romperse
Y quebrar su belleza
Y no despertar
El eco de la rosa muerta
En el corazón de un hombre ya nunca -
Oh nunca más!
Abrázala antes que el último
Y definitivo dolor
Sepulte la espina súbita.

Abraza y protege la vida adorada,
La fragilidad,
La piedra temblorosa,
Tu gloria.
Sostenla suavemente
Este momento en tus dedos
Y en tu garganta
Pues el brazo conduce al corazón,
Y la corriente palpita
Por el hilo escondido.

Oh suavemente
Estrecha ahora el fulgor
El único
Antes de que el brillo perezca
O el destello se agote;
Antes de que ella se deslice
Entre dedos yertos
Y desde unos labios sin sangre,
Y quiebre sus cristales
Sobre las piedras del invierno.

martes, 6 de septiembre de 2011

La rosa enferma (William Blake)

Henry Wallis
La muerte de Chatterton

Oh rosa, enferma estás.
El gusano invisible
Que vuela en la noche,
En la tormenta rugiente,
Ha encontrado tu lecho
De gozo escarlata,
Y su tenebroso amor secreto
Aniquila tu vida.

Palabras maternas (Pierre Louÿs)

Gustav Klimt
Maternidad
Mi madre me baña en la oscuridad, me viste a pleno sol y me peina en la luz; pero si salgo al claro de luna, ajusta mi ceñidor y le hace un doble nudo.

Me dice: “Juega con las doncellas, baila con los niñitos; no mires por la ventana; rehuye la palabra de los jóvenes y desconfía del consejo de las viudas.

Una tarde, alguno, como a todas, vendrá a tomarte sobre el umbral en mitad de un gran cortejo de trompetas sonoras y de flautas galantes.

Esa tarde, cuando te vayas, Bilitina, me dejarás tres gotas de hiel; una para la mañana, otra para el mediodía, y la tercera, la más amarga, la tercera para los días de fiesta.

Cómo lo envolvieron las aguas (Emily Dickinson)

Evard Munch
Noche de luna


Cómo lo envolvieron las aguas
Nunca lo sabremos...
Cómo nos hizo llegar su agonía
Eso... también quedó cubierto...
Esparce el estanque su lecho de lirios
Coloridos encima del muchacho
Cuyo sombrero y chaqueta olvidados
Hacen suma de la Historia

domingo, 4 de septiembre de 2011

El demonio del patíbulo (Fitz-James O' Brien)


Edward Munch
El beso de la muerte

Ni el este ni el oeste se divisaban,
Ni una estrella en el cielo se mostraba a los ojos;
Y Norman espoleaba su agotada montura
Con vigor junto al terrible árbol de la horca.

"¡Oh, Norman, cruza deprisa este páramo, ­
Pues parece que algo viene tras de mí!"
"¡Valor, dulce Maud, pues, gracias a Dios,
Casi hemos pasado el árbol de la horca!"

Besó sus labios: luego - ¡espuela y látigo!
Y con rapidez huyeron cruzando el prado.
Mas vanas pezuñas, la acerada espuela,
Pues algo dio un salto desde el árbol de la horca!

"¡Dame tu manto, tu noble manto,
El que solía cubrirte allende los mares!
¡EI viento es crudo, mis huesos son viejos,
Y tengo frío en el árbol de la horca!"

"¡Oh Dios bendito! ¡Oh mi dulce Maud!
¡Vamos, vamos, tus rezos - los mejores que haya!
¡Una mano huesuda me ha cogido del cuello,
Y trata de desgarrar mi noble manto!"

"¡Dame tu vino, - el vino tinto, tinto,
El que cuelga en una garrafa de tu rodilla!
¡La maldición de diez veranos recae sobre mí
Y tengo sed en el árbol de la horca!"

"¡Oh Maud, mi esposa, mi amante esposa!
¿No tienes un rezo que nos ponga a salvo?
¡Mi cinturón se abre, - un demonio me agarra,
y me arrebata la garrafa de la rodilla!"

¡Dame a tu novia, tu linda novia,
La que dejó su hogar para escapar contigo!
¡Oh ella se ha fugado para ser mía,
Pues estoy solo en el árbol de la horca!"

"¡Sujétate fuerte, Maud, y confía en Dios!
¡Sujétate! ¡Ah, cielos, se me escapa!"
Un rezo, un gemido, y él solo siguió
Cabalgando en la noche desde el árbol de la horca.


La hermosa Elenor (William Blake)


Edward Munch
Paráfrasis de Salomé

El reloj dio la una, y turbó la torre silenciosa;
Las tumbas abren paso a sus muertos: la hermosa Elenor
Pasaba por la puerta del castillo, y miró dentro.
Un hueco gemido atravesó las criptas sombrías.

Ella gritó con fuerza, y se desplomó sobre las gradas,
Sus pálidas mejillas sobre las losas frías. Hedores malsanos
De muerte brotan como desde un sepulcro,
Y todo está en silencio salvo las criptas suspirantes.

La muerte helada retira su mano, y ella se reanima;
Asombrada, se percata de que está en pie,
Que, como un fantasma, por estrechos corredores
Está andando, palpando los fríos muros con sus manos.

Regresa el delirio, e imagina huesos
Y cráneos burlones, y muerte corrompida
Envuelta en su sudario; y ahora cree escuchar
Profundos suspiros, y ve el tenue deslizar de pálidos fantasmas.

Al fin, no un delirio sino algo real
Llama su atención. Un sonido raudo, y los pasos
De alguien que huye, se acerca. Ellen queda quieta
Como una estatua muda, congelada por el miedo.

El desdichado se acerca, gritando: “Está hecho;
Toma esto, y entrégalo a quien quieras para que lo lleve;
Es mi vida – hazlo llegar a Elenor:
¡Él está muerto, y me busca con alaridos pidiendo sangre!

“Toma esto”, gritó; y arrojó en sus brazos
Un mantel húmedo, doblado; luego marchó
Raudo, dando alaridos: ella acogió en sus brazos
A la pálida muerte, y marchó en alas del miedo.

Cruzaron veloces la puerta de entrada; el desdichado,
Dando alaridos, dio un salto sobre el muro y cayó al foso,
Ahogándose en el cieno. La hermosa Ellen atravesó el puente,
Y escuchó una voz siniestra que gritaba “¿Está hecho?”

Como un ciervo herido, Ellen volaba sobre
La llanura sin senderos; como las flechas que vuelan
En la noche, así vuela la destrucción, y golpea en la oscuridad.
Ella huía del horror, y por fin llegó a su casa.

Sus damas la aguardan; en su lecho se arroja,
Aquel lecho de gozo, donde su señor la había abrazado:
“¡Ah, temor de mujer!”, gritó; “¡Ah, maldito duque!
¡Ah, mi amado señor! ¡Ah desdichada Elenor!

“¡Mi señor era como una flor sobre las cimas
Del fresco Mayo! ¡Ah, vida tan frágil como una flor!
Oh muerte horrible, aparta tu mano cruel;
¿Buscas aquella flor para ornar tus horrendos templos?

“Mi señor era como una estrella en lo más alto del cielo
Que la maldad y los sortilegios arrastraron a tierra;
Mi señor era como el abrir de los ojos del día
Cuando los vientos del oeste rozan ligeros las flores;

“Pero lo han oscurecido; como el mediodía de verano,
Nublado; derribado como el árbol altivo, talado;
El aliento del cielo habitaba entre sus hojas.
¡Oh Elenor, débil mujer, llena de aflicción!

Tras hablar de este modo, levantó la cabeza,
Y vio el mantel sangriento junto a ella,
El que había traído en sus brazos; y ahora,
lo vio desdoblarse por sí mismo.

Tenía los ojos fijos; el trapo sangriento se desdobla,
Mostrando a sus ojos la cabeza cercenada
De su amado señor, fantasmalmente pálida, manchada
De sangre cuajada; gimió, y de este modo habló:

“¡Oh Elenor, soy la cabeza de tu esposo,
A quien, mientras dormía sobre las losas de aquella torre,
Le arrebató la vida el infame duque!
¡Un villano comprado convirtió mi sueño en muerte!

“Oh Elenor, guárdate del infame duque;
Oh, no le concedas tu mano, ahora que estoy muerto;
Él solicita tu amor; él, que, como un cobarde, en la noche,
Compró a un villano para arrebatarme la vida”

Con miembros mortalmente fríos se sentó, rígida como roca;
Tomó la cruenta cabeza en sus brazos;
Besó los labios pálidos; no podía verter llanto;
La apretó contra su regazo, y por última vez gimió.



Amor Autumnalis (Clark Ashton Smith)


Mi amor es la llama de un otoño inextinguible,
Clark Ashton Smith
Paisaje en satén blanco
Es el destello de hojas no consumidas
En un éxtasis de espacio y luz dichosos;
Es el perdurar de altas flores descuidadas
Y vientos que arrastran los bálsamos del verano perdido
En una tierra de planicies, remota y escondida,
A donde puedas marchar y vagar serenamente,
Olvidando los jardines sin rosas...
En una tranquila tierra de planicies
Donde una vid a otra vid color de sangre ha de guiarte,
Donde los bosques dorados y las colinas te envolverán,
Y contemplarás estanques de bronce luciente
Y ópalo negro...
Sobre las vistas del pino trepador,
Y los sauces ambarinos que arden
Contra el malva ensoñador de montañas vagamente flotantes
Entre los márgenes desvaídos de los cielos.




Canto Pastoral (Pierre Louÿs)


Alphonse Mucha
Verano


Hay que cantar un canto pastoral, invocar a Pan, dios del viento de verano. Yo guardo mi rebaño y Selenis el suyo, a la sombra redonda de un olivo que tiembla.

Selenis está echada sobre el pasto. Se levanta y corre, o busca cigarras, o mezcla flores con hierbas, o lava su rostro en el agua fresca del arroyo.

Yo, por mi parte, desprendo lana de la espalda rubia de los corderos para guarnecer mi rueca, e hilo. Las horas son lentas. Un águila pasa en el cielo.

La sombra se desplaza: cambiemos de sitio la canasta de higos y la jarra de leche. Hay que cantar un canto pastoral, invocar a Pan, dios del viento de verano.

A las Musas (William Blake)


Gustave Moreau
Hesiodo y las Musas

¡Ya en la umbría cima del Ida,
O en las estancias del Este,
Las estancias del sol, que ahora
De la antigua melodía están privadas;
Ya en el Cielo vaguéis hermosas,
O en las verdes esquinas de la tierra,
O en las azules regiones del aire,
Donde los melodiosos vientos se originan;
Ya os demoréis sobre rocas cristalinas,
Bajo el regazo del mar
Recorriendo incontables bosques de coral,
Las Nueve Hermosas, descuidando la Poesía!
¡Cómo habéis abandonado el antiguo amor
Que los bardos de antaño gozaron en vosotras!
¡Las lánguidas cuerdas apenas tañen ya!
¡Forzada es la música, las notas escasas!

Este polvo silencioso (Emily Dickinson)


Edward Munch
Cenizas

Este polvo silencioso fue caballeros y damas
Y muchachos y muchachas-
Fue risa y talento y suspiros
Y ornamentos y alhajas.
Este lugar vacío una mansión vivaz de verano
Donde retoños y abejas
Toman vida un jardín oriental
Y luego, como estos, su final-

El amante de Porfiria (Robert Browning)



La lluvia ha comenzado temprano esta noche,
Edvard Munch
La voz
El viento plomizo pronto ha despertado,
Con saña desgarró las copas de los álamos,
Y con todo su encono el lago revolvió;
Yo escuchaba con el corazón a punto de quebrarse.
Cuando apareció Porfiria; al punto
Disipó el frío y la tormenta
Y arrodillóse e hizo el fuego mustio
Chispear, y entibiarse la quinta;
Y hecho así, se alzó y se despojó
Del abrigo empapado y del chal,
Y apartó sus guantes sucios, desatóse
El sombrero, sentóse a mi lado
Y me llamó. Al no responder voz alguna,
Con mi brazo rodeó su cintura,
Y desnudó su terso y blanco hombro,
Edvard Munch
Consolación
Y su dorado cabello deslazó,
E, inclinándose, mi mejilla sobre él hizo posar.
Y esparció, encima de mí, su dorado cabello,
Susurrando cuánto me amaba – ella
Incapaz, con todo el brío de su corazón,
De liberar su agónica pasión
Del orgullo, y soltar lazos triviales,
Y a mí entregarse para siempre.
Mas la pasión a veces prevalece,
Y ni la gozosa fiesta de esta noche podría detener
Un repentino pensamiento de quien palidece
Por amor a ella, sabiéndolo en vano:
Así que había venido entre el viento y la lluvia…
Seguro alcé la vista hacia sus ojos
Edvard Munch
Feliz y orgulloso; al fin sabía
Que Porfiria me adoraba; la sorpresa
Ensanchó mi corazón, y más crecía
Mientras meditaba lo que hacer.
En ese momento era mía, mía, hermosa,
Perfectamente pura y noble: decidí
Lo que hacer, y todo su pelo
En un único bucle dorado anudé
Tres veces en torno a su pequeño cuello,
Y la asfixié. Ningún dolor sintió,
Seguro estoy que no sintió dolor.
Como un capullo cerrado que hospeda una abeja,
Con cautela abrí sus párpados; de nuevo
Rieron los azules ojos sin mancha.
Y entonces aflojé la trenza
Edvard Munch
Luz de luna
Que le rodeaba el cuello; sus mejillas otra vez
Sonrojáronse brillantes bajo mi beso ardiente:
Coloqué su cabeza en alto como antes,
Sólo que, esta vez mi hombro sostenía
Su cabeza, que sobre él sigue caída:
La rosada cabecita sonriente,
Tan feliz de haber cumplido su deseo supremo,
Que todo lo que despreciaba en un instante fugóse,
¡Y yo, su amor, he sido su ganancia!
El amor de Porfiria: ella nunca previó
Cómo el deseo de su amado sería atendido.
Y de este modo ahora juntos reposamos,
Y en toda la noche no nos hemos movido.
¡Y ni el mismo Dios ha dicho una palabra!