sábado, 13 de septiembre de 2008

Thanatopsis (William Cullen Bryant)

Para quien en el amor de la Naturaleza experimenta
Comunión con sus formas visibles, ella habla
Un lenguaje diverso; para sus horas felices
Tiene una voz de dicha y una sonrisa
Y elocuencia de hermosura y se desliza
En sus más oscuros ensueños, con tierna
Y vigorizante simpatía, que les quita
Su aspereza, hasta que vuelve en sí. Cuando los pensamientos
De la última hora amarga se ciernan como una llaga
Sobre tu espíritu, e imágenes aciagas
De la severa agonía y el sudario y el paño
Y la oscuridad sin aliento y la estrecha morada,
Te hagan estremecer y enfermen tu corazón...
Avanza, bajo el cielo abierto, y nota
Las enseñanzas de la Naturaleza, mientras de todas partes-
La Tierra y sus aguas y las profundidades del aire-
Llega una voz callada...
Tan sólo unos días y tú
El sol que todo lo contempla no has de ver más
En todo su curso; ni aún en la tierra fría,
Donde tu pálida forma fue depositada, con lágrimas abundantes,
Ni en el abrazo del océano, ha de existir
Tu imagen. La Tierra, que te nutrió, ha de reclamar
Tu cuerpo, para transformarlo en tierra otra vez,
Y, perdidas las huellas de tu humanidad, rindiendo
Tu ser individual, has de marchar
Para mezclarte por siempre con los elementos,
Para ser hermano de la roca insensible
Y del tórpido guijarro, que el rudo jabalí
Voltea con su hocico y pisotea. El roble
Ha de enviar sus raíces en torno y atravesar tu túmulo.
Mas no a tu eterno lugar de descanso
Has de retirarte solo, ni pudieras desear
Yacer de un modo más suntuoso. Reposarás
Con los patriarcas de la infancia del mundo - con los reyes,
Los poderosos de la tierra - los sabios, los buenos.
Bellas formas y vetustos visionarios de tiempos pasados,
Todos en un imponente sepulcro. Las colinas
Guarnecidas de roca y viejas como el sol - los valles
Que se extienden en pensativa quietud en el medio;
Los bosques venerables - ríos que se mueven
Con majestad, y los quejosos arroyos
Que verdean los prados; y, fluyendo en torno a todo,
El gris y melancólico abismo del antiguo Océano-
No son todos más que solemnes ornamentos
De la gran tumba del hombre. El áureo sol,
Los planetas, toda la infinita multitud de los cielos,
Resplandecen sobre las tristes moradas de la muerte,
A través del silencioso paso de las eras. Todo lo que holla
El globo no es más que un puñado para las tribus
Que dormitan en su seno. Toma las alas
De la mañana, penetra la espesura Barcan,
O piérdete en los bosques sin límite
Donde serpentea el Oregón, y no escucha sonido alguno,
Salvo su propio estruendo-y aún allí están los muertos;
Y millones en esas soledades, desde el momento
En que el vuelo de los años comenzó, los han puesto a reposar
En su último sueño-los muertos reinan allí solos.
Así has de reposar, ¿y qué si te apartas
En silencio de los vivos y ningún amigo
Se apercibe de tu marcha? Todo lo que alienta
Compartirá tu destino. Los gozosos reirán
Cuando te hayas ido, la solemne estirpe de la cuita
Se esforzará y cada cual como antes cazará
Su fantasma escogido; mas todos estos han de abandonar
Su deleite y sus trabajos, y llegar
A preparar su lecho contigo. Conforme el largo tren
De las edades se desliza, los hijos de los hombres,
La juventud en su verde primavera, y el que avanza
Con la fuerza plena de los años, matrona y doncella,
El mudo infante y el hombre de sien cana...
Serán uno por uno reunidos a tu lado,
Por aquellos que a su vez han de seguirlos.
Así pues, vive, que cuando te convoquen para unirte
A la caravana innumerable que se mueve
Hacia ese reino misterioso donde cada cual ha de tomar
Su cámara en los aposentos silenciosos de la muerte,
No vayas tú, como el esclavo preso en la noche,
Azotado hasta su mazmorra, sino que, sostenido y aliviado
Por una verdad inquebrantable, acércate a tu tumba,
Como quien echa las cobijas de su lecho
En torno suyo y reposa buscando dulces sueños.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Soneto Sombrío (David Park Barnitz)

Amo aquello que, sombrío y otoñal,
Distinguido, plañidero y deprimente,
Lo que extraño, curioso e imponente,
Impregna de muerte solemne señal:

Serpientes marcadas de azul cenital,
Torvas catedrales en sombra eminente,
Roncas sinfonías de tono cadente,
Crímenes tocados de orgullo bestial.

Y así de cuanto es mortal a ti adoro,
Pues albergas en tu sutil candor
De vida y muerte el doble esplendor;

Y así me siento, en la noche, a tu lado
Y observo siempre tu mirar sagrado,
Ese mirar tuyo, yermo e incoloro.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Secuela Helénica (Clark Ashton Smith)


I

Cielos de mármol verde
Abovedaban la colina teñida de múrice
En la tierra de sueño donde encontré
Vides florecientes que abrazaban y coronaban
Una columna estríada aún intacta,
Encantadora, antigua y Griega.

II

Cerca de la columna,
En la corriente que discurría
Desde los veneros del poniente,
Escuché cantar a la náyade solitaria,
Encomiando las pobladas enramadas de su hogar.
Más dulce que el silencio era su canción,
Más dulce que el sueño su respuesta
Cuando hablé:
Raudos entonces sus brazos fríos me envolvieron
Antes de despertar.

martes, 19 de agosto de 2008

Los Señores del Dolor (George Sterling)


Los Señores del Dolor son más fuertes en la noche:
Con premura, según cerraba la tiniebla el día sombrío,
Dispusiéronse -en qué hostil alineación
No pude verlo- sólo conscientes de su fuerza,
Mientras, entre el vuelo insoportable de las horas
Y el desmayo recurrente del espíritu,
Forjaban dolorosamente su voluntad sobre la arcilla,
Hasta la tregua de la morosa luz del alba.
No es así, ¡Oh Vida! como yo querría dejarte...
Abandonando al dictado de la Agonía
Las luces y las sombras de tu dominio;
Mas tan confortado al gozar de un respiro
Como alguien exhausto en una tierra de crepúsculo,
A quien la Música lleva al Sueño, y el Sueño a la Muerte.




Invocación a Hécate (Aleister Crowley)


¡Oh triple silueta de oscuridad! ¡Esplendor sombrío!
¡Tú, luna celada a los hombres! ¡Tú, espantable cazadora!
¡Tú, coronado demonio de los muertos sin corona!
¡Oh senos de sangre, tan amargos y tan tiernos!
¡Celada de la amena primavera,
Permite que la ofrenda
Yo rinda al sepulcral destello de tu altar!
¡Yo sacrifico la bestia negra! Yo hago entrega del brote
Sembrado en el crepúsculo, y cosechado en la penumbra
Bajo la luna menguante,
Cuando la medianoche apenas hace relumbrar el Este;
Y el cordero negro del extinto vientre de la oveja negra
Te rindo, y entono la lenta melodía infernal
Que conviene a tu escogido sacerdote.


Aquí donde la franja del Océano irrumpe en el camino
Hollado de negro, que se inclina intensamente, hacia el abismo,
Te he de saludar con el beso innombrable
Exhalado hacia la morada más remota
De tu deseo supremo. Yo he de prender el fuego
Desde el cual tus salvajes estrigas seguirán el son de la lira,
Desde el cual tus Lémures se congregarán y se alzarán en torno,
Cercándome en el triste campo de muerte
Con sus rostros vueltos,
¡Mi rostro demudado! Yo he de consumar
El obsceno acto de veneración, ¡Oh celebrado
Horror sobre la tierra, y horror en el infierno, y negro
Horror en el cielo más allá del Destino!

¡Escucho el lamento de tus lobos! Escucho
El aullar de los sabuesos en torno a tu silueta,
Que llega en el terror de tu tormenta,
Y la noche cae más rápido, antes de que tus ojos se muestren
Destellando en la niebla.
¡Oh rostro de mujer nunca besada
Salvo por los muertos privados de amor sin saberlo!
¡A ti, a ti te llamo! ¡Oh funesta!¡Oh divina!
Yo, el único mortal, busco tu altar de muerte,
Vierto el oscuro chorro de sangre,
Un río somnoliento y reticente
Incluso mientras te acercas, con tus ojos en los míos,
Hacia mí cruzando la corriente adormecedora
Que retiene mi alma para siempre!